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Un paseo (cortito) por la literatura vampírica

domingo, 6 de noviembre de 2011


 Desde tiempos inmemoriales el vampiro siempre ha estado presente en la historia, formando parte de los mitos y del folclore de casi todas la civilizaciones. Desde Egipto hasta las culturas aborígenes de Latinoamérica. En los relatos mitológicos se le ha representado como un ser de aspecto horrendo con cualidades antropófagas; relatos influenciados por los ritos de muerte y sangre que se ofrecían a los dioses en aquella época.
El vampiro es una entidad que ha adoptado las formas más variopintas, que ha sufrido grandes transformaciones a través del tiempo, pero con un elemento central en todas las tradiciones: la sangre.
Sin embargo, el mito como es conocido en nuestros días, nace en la edad media cuando las leyendas comienzan a ser relacionadas con personajes reales como: Gilles  de Rais, Vlad Tepes o Elizabeth Báthory. En ese instante, se convirtió en el precursor del vampiro moderno y en fuente inagotable de inspiración en la literatura, hasta tal punto que, los atributos del no muerto se confunden entre su naturaleza original y la ficticia inventada por los novelistas.
A rasgos generales, los vampiros son muertos vivientes que se alimentan de sangre, con la capacidad de convertirse en animales, entre sus preferidos: los lobos y los murciélagos. No tienen reflejo, son vulnerables a la luz del sol, temen a las corrientes de agua y no pueden entrar en una casa si no son invitados. No soportan los símbolos religiosos, no pueden pisar terrenos sagrados y el ajo les repele. Se les mata clavándoles una estaca en el corazón  y decapitándolos posteriormente. Aunque, últimamente, parece que la evolución ha conseguido que sean inmunes al sol y que brillen bajo éste cual diamantes.
Hay que remontarse al siglo XVIII para encontrar el primer texto literario en abordar este tema: El Vampiro, poema de Heinrich August Ossenfelder, en el que la figura del no muerto es comparada con la de un reptil reptante, bajo la que se podría esconder una referencia directa a la serpiente bíblica.
Tras este poema, aparecen otras baladas góticas que muestran la importancia de ese género en la temática vampírica: Lenore de  Gottfried August Bürger, Christabel de Samuel Taylor Coleridge o La Novia de Corinto de Johann Wolfgang Goethe –quién representaría al vampiro literario como expresión del más puro romanticismo–, son claros ejemplos.
El romanticismo del siglo XIX fomentó un gusto por todo lo apasionado, lo fantástico y lo oscuro. En esta época, la figura del vampiro monstruoso y sin atractivo de las primeras baladas líricas, se ve desplazada por otro prototipo aristocrático y encantador de hábitos maliciosos.
El responsable de esta nueva imagen fue John William Polidori, que a través de su obra El Vampiro (1819), se convirtió sin saberlo, en el creador de un nuevo género y sentó así, sin proponérselo, las bases de lo que sería posteriormente el vampiro literario. Fijó, además, el atractivo que acompañará siempre a los chupasangres que le han sucedido, mostrando unos rasgos muy románticos y seductores. Escritor maldito, por desgracia, ha pasado a la historia no como literato, sino como doctor y “amigo” de Lord Byron, personaje en el que se inspiró para dar vida a Lord Ruthven, una criatura de tez pálida y costumbres nocturnas, hermoso; en contraste con el vampiro nada atractivo del folclore popular. Para los entendidos, su obra El Vampiro, es muy superior a Drácula de Stoker; aunque en su momento no tuvo el reconocimiento que merecía, sí sirvió de inspiración a muchos.
Años después, tuvo lugar el primer éxito vampírico sin precedentes, lo consiguió Joseph Sheridan Le Fanu –genuino maestro de la tradición de la novela gótica–, con su cuento corto Carmilla, cuya apariencia se cree basó, en Elizabeth Báthory, la “condesa sangrienta”. Es una historia que muestra muchas características del terror gótico y una sutil influencia erótico-lésbica, tema tabú de la época.
La ambigüedad sexual es un rasgo que siempre ha acompañado al vampiro, amores homosexuales que se representaban de forma sutil, encubierta, los cuales se han dado en los mejores cuentos victorianos.
Cada uno de los escritores que hasta ese momento habían dedicado sus páginas al vampiro, añadió sus propios elementos al mito. En el caso de Le Fanu, se ve al vampiro como un muerto que regresa de la muerte a la vida, con hábitos nocturnos, una fuerza sobrehumana y la capacidad de adoptar diferentes formas, sobre todo de animales. Dormía en un ataúd  y se alimentaba de sangre, hiriendo a sus victimas con unos colmillos afilados como agujas.
Pero es más tarde cuando estos elementos adquirieron una estructura sólida que serviría de base a escritos posteriores. Y fue gracias a una novela emblemática, aterradora e inolvidable: Drácula de Bram Stoker, obra cumbre de la literatura vampírica, que posee un estilo marcadamente victoriano, donde el vampirismo es tratado como una enfermedad sobrenatural, una especie de posesión demoniaca.
El mito siempre estuvo muy presente en la vida de Stoker. Desde joven había soñado con hermosas mujeres vampiro que lo acosaban, probablemente inspiradas por el cuento de Carmilla. Le interesaban los mitos y leyendas de la Europa Oriental, sobre todo, el personaje polaco Vlad Tepes. Pero fue una noche durante unas vacaciones en Whitby, tras la lectura de un libro de William Wilkinson sobre Transilvania, cuando nació su creación literaria más reconocida.
Estructuró la novela de forma epistolar, a modo de cartas, diarios y artículos de periódicos, entre otros. Se apoyó en documentos de terceras personas para dar la sensación de que aquello había sucedido y se aprovechó de los múltiples puntos de vista para mezclar el suspense y el terror.
El Drácula literario, poco tiene que ver con el cinematográfico –mucho más gótico y romántico–, que nos mostró Coppola. No era sólo el amor lo que motivaba al primero, sino el ansia de poder y de dominar, sentimientos más acordes con el ser maligno que el libro muestra.
Stoker también aportó en su novela, un personaje hasta entonces poco conocido: el cazavampiros, o mejor dicho, Van Helsing, el cazavampiros por excelencia. Una figura que definió de forma magistral, creando un hombre inteligente, excéntrico, fanático, incluso algo despiadado, que a lo largo de los años ha ido adquiriendo mucha importancia en el género literario y, a su vez, cinematográfico.
Stoker sentó un precedente y tras él surgieron una serie de discípulos como: Dion Fortune, Theodore Sturgeon,  Howard Lovecraft o Richard Matheson, que publicó en 1954 Soy Leyenda, una historia inquietante en un futuro postapocalíptico dominado por los vampiros, en el que el protagonista es el único humano, toda una innovación para el género.
A partir de ese momento el mito comienza a evolucionar, los escritos sobre vampiros se multiplican, pero aferrándose a los clichés tradicionales a los que se van sumando diversas características. Características que para muchos, comenzarán a desvirtuar la esencia del personaje.
Años después, el maestro del terror, Stephen King, aportó su granito a la bibliografía chupasangre, publicando uno de sus principales éxitos comerciales, Salem´s Lot. En la que recrea a unos vampiros poco inteligentes y con un razonamiento demasiado básico. Hasta ese momento, el vampiro es un ser malvado que considera a los humanos alimento y por los que no siente ningún aprecio, sólo son eso, comida. Concepto que empezó a cambiar de la mano de Anne Rice y su trilogía Crónicas Vampíricas, saga que aumentó con nuevas secuelas dado su éxito comercial y cinematográfico. La escritora creó alrededor de estos seres un mundo gótico-fantástico muy atractivo, a la vez que moderno, y este sólo fue uno de los cambios que hizo al mito.
Los vampiros creados por Rice, carecen de la crueldad sin remordimientos de sus antecesores. Están más humanizados, opuestos a la maldad y bestialidad del vampiro del folclore. No son inmunes a los sentimientos y las pasiones humanas, y todo ello lo viven con más intensidad. No son realmente humanos, pero a la vez están unidos a éstos  por un pasado común. Quizá por eso, consiguen que el lector se sienta identificado con ellos, aunque sean unos asesinos despóticos como es el caso de su personaje principal, Lestad.
Rice le da más profundidad a sus personajes, ahonda en su psique, planteándoles dilemas morales; un ejemplo es Louis en Entrevista con el Vampiro. Él siente, sufre y le duele asesinar, esclavo del dolor de su propia existencia y la búsqueda del real sentido de la vida en la muerte.
La ambigüedad sexual está más presente que nunca en estos vampiros. El triangulo Lestad, Louis, Armand, así lo demuestra. Seres capaces de ver la belleza en ambos sexos, una conjunción sangre-sexualidad que aportó un gran éxito a Anne Rice –se han vendido más de cien millones de sus libros–, y que se ha ido copiando de mil maneras a lo largo de los años.
Escritores como Whitley Strieber (El Ansia),  Brian Lumley (Necroscopio), Poppy Z. Brite ( El Alma del Vampiro) o Tanya Huff (La Saga de la Sangre), aportaron su propia visión del mito, con  nuevas características que fueron consolidando una imagen diferente del no muerto.
De esta forma, la literatura vampírica entra con fuerza en el siglo XXI, tanta que empieza a rozar la saturación. El vampiro ya no es sólo un personaje de terror, sino que  se ha ido introduciendo en otros géneros: ciencia-ficción, thriller, fantasía, erotismo, romance, juvenil… Y son estos dos últimos los que arrasan en el mercado literario en este momento. Las sagas abarrotan las librerías y las grandes superficies. Hay vampiros para todos los gustos y edades: buenos, malos, guapos, eróticos, torturados, “vegetarianos”, rasgo que no es nuevo. En Entrevista con el Vampiro, Louis ya sufría ese mal, detestaba tener que alimentarse de humanos por las contradicciones morales que despertaban en él. Así que no culpemos a la señora Meyer de haber inventado ese comportamiento tan criticado por muchos; que brillan bajo el sol, éste sí es suyo y... bueno… J
El romance vampírico arrasa en sus dos vertientes: adulta y juvenil.
En la primera, autoras como J.R. Ward y su saga La Hermandad de la Daga Negra o Christine Feehan y la serie Oscura, son claros ejemplos de éxito comercial. Historias romántico-eróticas que son la delicia de un amplio público que demanda este tipo de literatura cada vez más.
En la segunda, el número de autores y títulos supera a cualquier otro género, nombres como: Cassandra Clare, Richelle Mead, Claudia Gray o Stephenie Meyer han arrasado en un mercado donde la demanda de sus sagas y otras similares no parece tener fin. El romance paranormal se ha convertido en un reclamo, una etiqueta que asegura un número nada desdeñable de ventas, gracias a un fenómeno fan  que no se limita sólo a un público adolescente, sino que también engancha a los más mayorcitos.
El vampiro literario siempre ha sido motivo de polémica y lo seguirá siendo. El arquetipo ha ido cambiando a lo largo de los años y con él, los ingredientes que una novela de este tipo debe tener para triunfar. Ya no sólo prima el terror, la maldad y la sangre; amor y conciencia empiezan a formar parte de  sus características. Hay quienes están a favor de estos cambios y quienes están en contra, detractores que no aceptan esa humanización, esa dualidad bien-mal que convierte al no muerto en un monstruo light.
La literatura se ha ido adaptando a los tiempos y con ella el vampiro, único medio de llegar a una nueva sociedad lectora que necesita variedad.
Hay que huir de los tópicos que catalogan a los libros sobre vampiros como una literatura de baja calidad. Siempre ha habido libros buenos y malos, unos de más calidad que otros, pero es algo común a todos los géneros y a todos los tiempos.
El vampiro sigue siendo un reclamo literario, ha sido el tema de muchos de los superventas más famosos de la historia. Pero a mí, lo que más me intriga de este paseo por la historia literaria del vampiro, es qué le deparará el futuro, cómo evolucionará y será dentro de unas cuantas décadas.











Formas de Publicar

domingo, 14 de agosto de 2011


Dos semanas sin actualizar el blog, la culpa la tiene un bloqueo de ideas, motivado por la total inmersión en el final de mi trilogía, que me está robando muchas horas de sueño y me está dando algún que otro dolor de cabeza. ¿Pero para qué están los amigos en estos casos? Para sugerirte ideas.
«María, que ya toca actualizar el blog, danos una entradita, anda», me dicen alguno, a lo que yo respondo: «Sugiere, sugiere», y claro, sugieren. Unos quieren que hable de mi forma de escribir, de si tengo manías, de si tomo notas… otros de cómo nació mi afición, sobre qué trataban mis primeros escritos. Y sí, a riesgo de parecer arrogante, dueña de un ego asqueroso y que ando besándome al paso de cada espejo, lo voy a hacer. Pero hoy no, hoy voy a hablaros de manuscritos, editoriales y publicaciones. Como siempre, desde mi punto de vista, absolutamente personal y sujeto a equivocaciones y malinterpretaciones.
Bien, acabamos de poner el punto final a nuestra obra, tras muchos meses de trabajo, correcciones, pulidos y de algún que otro bajón en el que las ganas de abandonar nos rondaban, porque tras una nueva lectura, seguíamos encontrando nuevas faltas que parecían multiplicarse como setas.
¿Y ahora qué? El escritor escribe porque quiere, puede y le gusta. Y aunque algunos no se atreverán a reconocerlo, también escribe con la intención de ver su obra publicada y en las estanterías de las librerías; y puestos a pedir, en un lugar privilegiado donde todo el mundo pueda verla, rodeada de bonitos carteles y con marcapáginas de regalo.

¿Y cómo llegamos a eso? No nos engañemos, sólo unos pocos consiguen ver su obra en la mesa de novedades. Son muchos los que escriben, el mercado está saturado y no hay sitio para todos. Pero por intentarlo que no quede. En mi caso hice lo que muchos, preparé una propuesta editorial en la que intenté vender mi obra de la mejor manera. La acompañé de una sinopsis y unos capítulos de muestra, y me dispuse a enviarla a una serie de editoriales y agencias que formaban parte de un listado confeccionado por mí. Aquellas que se ajustaban a mi obra. Evidentemente no vas a enviar una novela juvenil a una editorial especializada en libros de autoayuda.
Y ahora me adentro en la polémica. En mi lista no había ni una sola agencia o editorial que cobrara por adelantado, dicho de otro modo, me limité a las «convencionales». Aquellas que apuestan por el escritor porque confían en su obra, y que arriesgan su propio dinero para colocar tu libro en la calle de la mejor forma posible, porque tu beneficio es su beneficio (lo mismo ocurre con las agencias, un agente decide representarte porque está segur@ de que tu libro le reportará unos beneficios, e intentará colocarlo en la mejor editorial, conseguir traducciones, derechos audiovisuales, todo lo que esté en su mano para que triunfes, y lo hará por la misma razón: tu éxito será  su éxito).
Voy a centrarme en las editoriales. Cuando reciben un manuscrito, ya sea de manos de un agente o directamente del autor, este manuscrito pasa una serie de filtros con los que se decidirá si es publicable. Filtros ortográficos, gramaticales, de estilo, ritmo de lectura (todos ellos corregibles, desde luego, si la historia les atrae tanto como para pasar, hasta cierto punto, que no todo está permitido, de ellos) y, por supuesto, la historia, una trama que llegue al alma de lector. Todas estas cribas las llevan a cabo lectores profesionales que cobran por este trabajo, y ese dinero lo paga la editorial, indistintamente del veredicto. Cuando un lector selecciona la obra, es el turno del editor, leerá la recomendación y de paso tu manuscrito, y tomará la decisión final. Esa es la primera inversión que realizan en tu novela.

Una vez que el manuscrito tenga el visto bueno para ser publicado, empieza el proceso de edición, pasará por correctores que sugerirán cambios, arreglarán todo aquello que a nosotros se nos escapa (escribir es humano, corregir divino, ya que alcanzar la perfección en un texto es prácticamente imposible), habrá ilustradores que se ocupen de crear una bonita portada; y tras esto viene el proceso de impresión, distribución, publicidad… todo a cargo de la editorial, que sigue costeando los gastos, invirtiendo en tu trabajo en pro de unos beneficios. 

Tras estos pasos y dependiendo del tamaño de la editorial (las tiradas y distribución de la misma, dependen en su mayoría del capital que pueda invertir), tu libro estará en el mayor número posible de establecimientos.
Hay otras formas de publicar, que yo ni aconsejo, ni desaconsejo, eso depende de cada uno y de que sepa dónde se está metiendo. Existen otras editoriales, las que coeditan. Si acabáis eligiendo este tipo de edición, debéis tener mucho cuidado, ya que hay unas más sinceras que otras. Las hay que vienen de frente desde el primer momento y te dicen: «Esto es lo que hay». Son claras, realistas e intentan llevar a cabo un negocio con tu participación.
Pero también las hay que no te dicen lo que son hasta el momento de firmar el contrato, no sin antes, haberte lavado el cerebro con mil promesas pensadas para alimentar nuestro ego. Que suelen sacar al mercado ediciones sin corregir, plagadas de errores. Que imponen una venta mínima de ejemplares en una presentación que deja mucho que desear, ejemplares que probablemente sólo llegarán a nuestros amigos y familiares, y de los que tendremos que hacernos cargo económicamente si, al final, no se acaban vendiendo. Si tienes suerte y consigues una nueva edición, fíjate muy bien en la distribución que maneja la editorial, normalmente adolecen de buenas distribuidoras y los libros se pierden en un mar inmenso sin que lleguen a los lectores. De ellas depende la vida de un libro en gran parte.
Soy de la opinión de que alguien que cobra por adelantado, no se va a esforzar de la misma forma que alguien que obtendrá sus beneficios sólo después de que tú lo hayas hecho. Desconfía si te dicen que eres la nueva promesa literaria, que tu libro será todo un best seller, no olvides que estás pagando por publicar; y que entre estos profesionales, los hay desaprensivos que buscan el dinero fácil, ya sea aprovechándose de la vanidad del escritor o estafando sin miramientos.

La coedición es una forma más de ver publicada tu obra, y a no ser que tengas una emisora de radio o un tío dueño de un canal de televisión, te va a costar mucho despuntar.
Seamos realistas, nos guste o no, este negocio no es lucrativo para un escritor, no se puede vivir de esto. Si acaso, conseguirás notoriedad, pero eso sólo ocurrirá cuando una editorial más o menos reconocida y fiable  avale con una buena campaña la salida de tu libro, y no con tiradas pequeñas. Para llegar al gran público, las tiradas deben ser grandes a costa de grandes desembolsos económicos, y no todas pueden, cuanto menos las de coedición, que necesitan de tu aportación económica para poner en marcha el proyecto.
Aún así, si al final decidís apostar por la coedición, aseguraos bien de dónde os metéis. De que la editorial ha leído de verdad vuestros manuscritos, y es éste y sus posibilidades lo que le interesa, y no vuestro dinero. Tenéis derecho a exigir un análisis completo de vuestra obra, no un informe superficial (algunas ni esto), no basta con que compare tu talento al de los grandes mitos de la literatura. Desmenuzad el contrato hasta que tengáis claro cada punto y, si tenéis dudas, buscad ayuda de aquellos que sí saben.
Lo dicho, con esta entrada no pretendo influir en nadie, es mi opinión, nada más. Suerte en vuestro camino literario y que nadie rompa vuestros sueños.
Un abrazo.








Ilusión frente a la crisis editorial

domingo, 17 de julio de 2011


El sector editorial está en crisis, las ventas de libros bajan, las editoriales apenas apuestan por los escritores noveles; y los pocos manuscritos que aceptan recibir, los miran y  remiran un millón de veces hasta tomar la decisión de si editan o no alguno de ellos.
De los libros que se publican, las tiradas apenas superan los tres mil ejemplares, a excepción de un pequeño 3,7% que alcanza los cinco mil. Cifras muy bajas si las comparamos con las de años atrás.
Tener agente, aunque este sea de lo mejorcito, ya no es garantía de ver tus novelas publicadas.
Las devoluciones de obras no vendidas por parte de las librerías, alcanza cifras históricas.
Y para colmo, España es uno de los países donde menos se lee.
Algunos dicen que el sector agoniza, y es cierto que el panorama pinta mal, ¿pero de verdad es tan grave como dicen? Pues parece que sí. Aunque leyendo las noticias he sabido que el número de títulos publicados sigue subiendo, sí, con tiradas más bajas, pero siguen subiendo. Y aunque a nivel nacional las noticias son desalentadoras, en el exterior las exportaciones del sector continúan al alza.
Y después de todos estos datos, ¿qué podemos hacer aquellos que aspiramos a publicar en este momento? ¿Qué posibilidades reales tenemos de conseguirlo? La verdad, no lo sé.
Paciencia, perseverancia y trabajar mucho. Esas palabras son las que más veces he oído en los últimos meses. Paciencia para aguantar los largos periodos de espera que se dan en este mundo. Perseverancia ante los rechazos para no abandonar. Trabajar mucho y no dejar de escribir... si no es con esta novela, puede que sea con la siguiente.
Y a esta palabras añadiría otras: ilusión, amor, sueños y disfrutar. Mantener la ilusión en esta carrera de fondo es fundamental, el amor por lo que hacemos es vital y se ve reflejado en nuestras obras; los sueños hay que alimentarlos y mantenerlos para no perder la ilusión ni el amor; pero, por encima de todo, tenemos que disfrutar del hecho de escribir, hacerlo por nosotros y nuestra riqueza personal.
Sé que es difícil conseguirlo. Al igual que muchos de vosotros, estoy a la espera de esa llamada o ese correo que me haga dar saltos de alegría. Pero hay que ser positivo. Buscar esas pequeñas cosas que nos distraigan de la espera y los anhelos, y que a la vez no mitiguen la esperanza de conseguir algún día nuestro sueño.





El vampiro evoluciona.

sábado, 18 de junio de 2011



El arquetipo del vampiro está cambiando en la literatura y el cine, y al igual que ocurre con todos los cambios, hay quienes están a favor y quienes están en contra, quienes consideran el cambio como una verdadera amenaza a la esencia original y quienes  creen que es necesario para adaptarse a los nuevos tiempos.
Si echamos un vistazo al pasado, el vampiro por excelencia es un ser oscuro, mortecino, sin sentimientos; dominado por los instintos y la antropofagia. Un ser que destila maldad en estado puro. Pensar en este tipo de vampiro me acerca al Nosferatu de Murnau, al Drácula que tan brillantemente interpreto Bela Lugosi y a los vampiros que nos muestra Richard Mathenson en Soy Leyenda. Y más recientemente: 30 Días de Oscuridad de Steve Niles y Nocturna de Benicio del Toro. Estos serían claros ejemplos de la imagen que muchos tienen de cómo debe ser un vampiro.
El mito del vampiro no es una moda pasajera, siempre ha estado ahí, aunque hay que reconocer que el fenómeno ha resurgido con mucha  fuerza en los últimos años. En gran parte, por ese nuevo vampiro literario que ha acabado convirtiéndose en un fenómeno mundial, que ha traspasado el papel para cobrar vida en la pantalla. Libros, películas y series, nos muestran la transformación que estos seres están sufriendo, un cambio de paradigma: vampiros con sentimientos de culpabilidad y más humanizados, seres oscuros que desean la luz, que quieren despertar a las emociones y recuperar un poco de esa humanidad que perdieron. Como hombres que fueron, son complejos, pueden mantener esa dualidad que nos caracteriza en cuanto a bien-mal, luz-oscuridad, bondad-maldad,  egoísmo-generosidad, pecado-virtud; así que han decidido abandonar las sombras y están evolucionando.
Ha nacido un nuevo vampiro: eternamente joven y oscuro, hermoso y con un gran magnetismo y atractivo (al fin y al cabo son sus armas de caza). Romántico, elegante, culto, profundo y sutil, un asesino que se resiste a matar, pero que continua sujeto a su condición y sus instintos, y que lucha para liberarse.
No creo que los vampiros de ahora sean light, edulcorados, como los detractores insisten en llamarlos –a excepción de algún caso, por supuesto. No daré nombres. 
Hay infinidad de modelos que ponen de manifiesto lo que expongo:
Acordaos de Lestat, ejemplo de romanticismo, sensualidad y también de maldad, egoísmo y vanidad. Asesino sin escrúpulos que no conoce el arrepentimiento, en consonancia con su opuesto y amado Louis, uno de los primeros vampiros éticos de la literatura. 
Del Drácula de Coppola,  más romántico que monstruoso, pero capaz de cualquier atrocidad para conseguir aquello que desea.
De  Blade, otro «vegetariano».

Y de plena actualidad, personajes de series como True Blood o Crónicas Vampíricas,  de verdad me cuesta ver a Bill Compton  como a un metrosexual vanidoso y perfecto, y  a Damon Salvatore como un vampiro contenido que controla sus impulsos, sean del tipo que sean. Ambos poseen los rasgos clásicos de la naturaleza vampírica.
Películas como Déjame Entrar, adaptación de la novela del sueco John Ajvide, llevada al cine por Tomas Alfreddson, mantiene, a mi parecer, la esencia del mito del no-muerto a la vez que cuenta una preciosa historia de amor. ¿Por qué un vampiro no puede amar?
No creo que el vampiro haya perdido su magia, su viejo encanto, los detalles que lo hacen terrorífico, simplemente está evolucionando, rejuvenece y se adapta para llegar a todos los públicos.
Los clásicos siempre estarán ahí, indisolubles, de los que se seguirán nutriendo la literatura y la industria del cine. Nunca pasarán de moda, son las raíces de estos nuevos personajes que traen un aire distinto, acorde a una nueva sociedad que necesita variedad. Gente joven que crea  sus propios mitos,  más afines  a su personalidad pero sin desmerecer a los pioneros y desde el más absoluto respeto. Entonces, por qué no tratar con ese mismo respeto a quienes disfrutan con estos  nuevos vampiros.












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